A través de las luces callejeras escurre la efímera sensación de apego, las miradas se confunden con el deslumbrante matiz de faros extraños. No queda más que el silencio sepulcral de una conversación intrascendente, fría y sin objeto.
La llamarada de sensaciones invade la atmósfera como un solsticio de pletórica amargura; un intermitente socavón que inunda el alma del poeta.
Sin arrepentimientos ni exabruptos, es convocada la marea que ha de arrasar con el lánguido recuerdo de esa noche. El sentimiento ha sido victimado con el inclemente impulso del olvido y lo que el mismo favorece.
Llegamos a la estación donde un destino bifurcado refleja un horizonte común, pero que por caminos sinuosos para el viajero cosmopolita, no deja de ser una cuestión de decisión. Como lo es todo en este plano.
Allá, donde el camino es empredado y se recorre descalzo, es hacia donde el pensamiento libre se dirige, a sabiendas de los misterios que ha de encontrar. Mientras tanto, el cuerpo emprende su recorrido con dirección a lo corriente, a lo insípido, pero ciertamente justo y necesario para la subsistencia terrenal. En esa ruptura corpórea se haya la disyuntiva para aquélla pregunta maliciosa que se refiere a un estado mental y general.
La respuesta jamás verá luz, hasta que ambos trazos logren converger en una recta simultanea con un propósito similar. En vía de mientras, el único recinto de sensatez, donde puede florecer una tenue lucidez, yace en el centro que comparten dos entes que habitan un mismo espacio en constante pugna por alcanzar la supremacia de la existencia individual. En el transcurso de la confrontación, las consecuencias se perciben como conductas extrañas en un conocido personaje; un choque de titanes sin esperanza de tregua, pues cada quien asegura tener el definitivo mandato sobre el cuerpo que habitan.
Y la historia sigue...
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