viernes, 2 de diciembre de 2011

Epílogo

Él jugueteaba con el pequeño plato que tuvo a bien dejar el mesero del lugar donde se encontraban, aun no había ordenado nada. Ella sólo tomaba un té, siempre le gustó hacerlo. De reojo veía cómo deslizaba la página del libro que ella leía, su mano, suavemente apuntaba el renglón donde había de detener su lectura, - “… siempre viajando en contra de lo que sentimos.”, fue la parte que alcanzó a leer. Se le dificultaba poder hacerlo, la tenue luz de la vela no brillaba más que para iluminar su rostro, un tanto desencajado cuando por fin se armó de valor para verlo. 

Entre las palabras fugaces que salían de sus bocas habían lapsos de lucidez, en los cuales rozaban sus manos con una que otra caricia dirigida al rostro. Qué ganas tenía él de aprisionar esas manos, tan cálidas y suaves para que no dejaran de sentir el rostro que pronto habrían de olvidar.
Continuaron la charla de una manera muy casual, casi como si fueran dos desconocidos que habían coincidido en un lugar oscuro con una luz al fondo de una mesa que invitaba a pasar sin acaso presentarse. No habría por qué hacerlo, se conocían bien. Las palabras no dejaban de salir, en sus mentes armaban un juego de letras para aminorar lo que, inevitablemente habría de venir. 

Conforme la llama de la vela fue perdiendo calor, así mismo su tiempo juntos. Llegó el momento de partir y de emprender esa larga caminata que muchas veces hicieron, pero que esta vez pedían fuera más larga, al contrario, jamás había pasado tan rápida e inclemente cuando él se percató del momento en el cual habría de soltarla y despedirse de ella. 

Cuando llegó el momento de despedirse había tantas palabras que se podrían decir, que pudieran remediar lo que a punto estaba de suceder, pero no salen. Las mismas se confundían con las lágrimas asomadas por sus ojos, los cuales habían conocido sólo sonrisas y que en aquél momento olvidaban cómo expresar aquélla pérdida. Entre esas caricias, abrazos y gratitudes llegó el momento del adiós, mismo que cayó como un trueno avisando la llegada de una tormenta. 

Se dieron la vuelta y ahí quedó el recuerdo de esa noche. Él imaginaba su figura cruzar la calle, aun lo hace, porque no tuvo el valor de voltear, se quedó con el recuerdo del momento. Siguió su camino en espera de que éste lo llevara de regreso a ella al día siguiente. No iba a ser así.
En ese instante, con la caída de la primera gota de agua, llegó la primera lágrima que confundió pensando sería un diluvio, sin temor a equivocarse cayó, pero dentro de sí. Al abordar el camión que lo habría de regresar a una nueva realidad, se encontraba sin temor, sólo con resignación, pero empapado en tristeza.

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