Con el inclemente paso del tiempo se contempla un sin numero de situaciones que definen cada suspiro en este plano existencial, es nuestra vida a través de las estaciones. Las dificultades se presentan, son el obstáculo degenerativo de cualquier plano, las mañanas se vuelven más pesadas y sólo se espera una noche interminable donde ansías encontrarte solo en tus sueños donde todo marcha sin consecuencias.
A través de la ventana, de cara al desolado páramo que tienes como fondo, se van desmenuzando poco a poco las fibras de lo que eras y de lo que aún te aferras a ser. Aquellas melodías se desvanecen en un eco interminable porque sabes que ya no significan nada como antes. Entre la aparente tranquilidad se desdibujan las sensaciones y se manifiesta la monotonia; superficialidad del humano que a pesar de la agridulce vida se adhiere a lo que fantasea.
El ciclo continúa, los días son cálidos, húmedos y fríos. En ese mismo vaivén convergen las intrigas y alimañas de la mente; esperando a dar ese paso fortuito hacia hábitos muy conocidos, con la vista puesta en el error, en la pérdida del confort; pero donde existe ese libre albedrío; escaparate ante la sofocación.
En ese milimétrico segundo, la balanza se inclina como antes; no se buscan justificaciones absurdas, sólo conductas inexplicables. Cometer errores pasados simplemente fortalece el mal hábito que engendró la indiferencia, y que desconoce cualquier vestigio de armonía o en su caso, el espejismo de la misma.
Es la condena eterna de la repetición, un loop protagónico en los monstruos de la mente de cada individuo disfuncional, como lo somos la mayoría.
...y ante las palabras libremente expresadas, llegará el cuestionamiento.
Lectura opcional
Leer por compromiso carece de significado. Identificarte con lo que lees, eso sí es cuento y aparte.
lunes, 9 de julio de 2012
martes, 24 de enero de 2012
Creer
No hay dudas en la oscuridad cuando una tenue luz ilumina el vasto camino que aún queda por recorrer. Al salir del túnel, la sensación de no estar solo, eleva el misterio de lo que habrán de encontrar adelante. Juntos.
La respiración se vuelve constante, el júbilo; una intermitente línea que recorre cada fibra de lo que somos, lo que hemos ido descubriendo y la eterna promesa del lugar a donde llegaremos. Cada parte de nuestro ser confabula con la verdad de esta realidad, aquella que protagoniza amplios capítulos llenos de elogios, sonrisas y diferentes cuentos uno dentro del otro [historias únicas sin finales, sólo alternando en este tiempo].
Aún y cuando se confundan los quehaceres cotidianos, los que enamoran, lo que hacen vibrar, el efecto sigue siendo el mismo, pero en evidente incremento porque no hay suficiente razón para dejar de sentir. En el fondo, al cual jamás llegarás por última vez, así resurge renovada la esperanza con el inicio de un nuevo día. Con la pronunciación de las primeras palabras, de sinceras muestras de afecto, revive la creencia en lo que ya se ha construido. Y de esa misma sensación, con las palmas entrecruzadas se fortalece lo que humanamente existe y perdura. Un nuevo amor.
La respiración se vuelve constante, el júbilo; una intermitente línea que recorre cada fibra de lo que somos, lo que hemos ido descubriendo y la eterna promesa del lugar a donde llegaremos. Cada parte de nuestro ser confabula con la verdad de esta realidad, aquella que protagoniza amplios capítulos llenos de elogios, sonrisas y diferentes cuentos uno dentro del otro [historias únicas sin finales, sólo alternando en este tiempo].
Aún y cuando se confundan los quehaceres cotidianos, los que enamoran, lo que hacen vibrar, el efecto sigue siendo el mismo, pero en evidente incremento porque no hay suficiente razón para dejar de sentir. En el fondo, al cual jamás llegarás por última vez, así resurge renovada la esperanza con el inicio de un nuevo día. Con la pronunciación de las primeras palabras, de sinceras muestras de afecto, revive la creencia en lo que ya se ha construido. Y de esa misma sensación, con las palmas entrecruzadas se fortalece lo que humanamente existe y perdura. Un nuevo amor.
miércoles, 4 de enero de 2012
Cefalea Nocturna
El pensamiento se divide en dos. La bipolaridad del momento nubla una realidad intangible. Las preguntas son sencillas, corresponden a estados de ánimo; a metáforas existenciales; nada más.
A través de las luces callejeras escurre la efímera sensación de apego, las miradas se confunden con el deslumbrante matiz de faros extraños. No queda más que el silencio sepulcral de una conversación intrascendente, fría y sin objeto.
La llamarada de sensaciones invade la atmósfera como un solsticio de pletórica amargura; un intermitente socavón que inunda el alma del poeta.
Sin arrepentimientos ni exabruptos, es convocada la marea que ha de arrasar con el lánguido recuerdo de esa noche. El sentimiento ha sido victimado con el inclemente impulso del olvido y lo que el mismo favorece.
Llegamos a la estación donde un destino bifurcado refleja un horizonte común, pero que por caminos sinuosos para el viajero cosmopolita, no deja de ser una cuestión de decisión. Como lo es todo en este plano.
Allá, donde el camino es empredado y se recorre descalzo, es hacia donde el pensamiento libre se dirige, a sabiendas de los misterios que ha de encontrar. Mientras tanto, el cuerpo emprende su recorrido con dirección a lo corriente, a lo insípido, pero ciertamente justo y necesario para la subsistencia terrenal. En esa ruptura corpórea se haya la disyuntiva para aquélla pregunta maliciosa que se refiere a un estado mental y general.
La respuesta jamás verá luz, hasta que ambos trazos logren converger en una recta simultanea con un propósito similar. En vía de mientras, el único recinto de sensatez, donde puede florecer una tenue lucidez, yace en el centro que comparten dos entes que habitan un mismo espacio en constante pugna por alcanzar la supremacia de la existencia individual. En el transcurso de la confrontación, las consecuencias se perciben como conductas extrañas en un conocido personaje; un choque de titanes sin esperanza de tregua, pues cada quien asegura tener el definitivo mandato sobre el cuerpo que habitan.
Y la historia sigue...
jueves, 15 de diciembre de 2011
Cámara Lenta
Inclemente es aquel momento en el cual todo cambia, la magnitud del acontecimiento sólo es perceptible cuando ha pasado ya el destanteo. No lo ves venir. Simplemente arrasa.
La gravedad de lo que se empieza a perder desencadena una serie de sinsabores que se manifiestan como un limbo en el cual nunca acabas de caer, la agonía de no saberte dichoso con tu existencia altera la ecuación por la cual todos peleamos, morimos, soñamos y algunas veces olvidamos: felicidad.
Cuánta ambigüedad puede encerrar un concepto, una idea, una suposición y, por qué no, una añoranza. La vida te plantea el rumbo, uno mueve las piezas, pero el caprichoso destino con su mano invisible es quien se encarga de trazar los pormenores. Cual broma absurda de aquello que por unos instantes pareciera otorgar la dicha que alumbra el alma de los hombres, con esa misma insolencia, te aterriza sobre interminables escenarios pintados con la cacofonía de un sentimiento que se repite pero que jamás se define.
Cuando por fin pareciera que nos quedamos encantados por el sonoro silencio de nuestro presente, una lluvia atemporal altera la de por sí mal lograda apariencia del querer, desdibujándolo todo.
Cual quijotesca alegoría nos enfrascamos valerosamente contra infinidad de molinos, sin preverlo, las aspas nos alcanzan, elevándonos hacia un plano completamente difuso. En este altiplano me desconozco; sin embargo, no soy extraño. Reconozco el aroma de las consecuencias de mis decisiones, veo enmarcado el rostro de aquellas personas que son, fueron y serán. No es una dimensión desconocida, son las coordenadas de mi presente, ahora. En este momento.
Mientras deambulo por mi psique, veo que la marquesina anuncia una presentación especial con diversos actores, pero cuando por fin se apagan las luces, me sorprende ver a través de esa pantalla mi personaje quien protagoniza y crítica, el que actúa y descalifica, intenta y desaprueba, siente y, finalmente, cede.
El público siempre tan ecuánime me recibe con una sonrisa, un vil gesto de gratitud. Su verdadero rostro lo cubre ante la impotencia de mostrarse tal cual es. Entre la oscuridad, vacila con lo que hace y dice. Ahora que lo he descubierto me encuentro en la misma postura, dejé de ser intérprete para ocupar un asiento entre el público, falso, plano y frío.
Desde mi lugar me desfragmento a través de un prisma existencial, mi ser se descompone en un abanico de colores. Pero la imagen es gris. No hay verdes, rojos, azules, amarillos o naranjas. mientras el momento prevalece, es necesario sacudir la cabeza y reconstruirse.
Cuando pasa la amargura de lo etéreo, me dispongo a alzar una vez más la mirada hacia mi vida: una secuencia refinada, una historia singular. Quienes la conocen optan por mantenerse curiosos, quienes se atreven, divagan con la maraña de acertijos, dilemas, rompecabezas y laberintos que entrañan su esencia y finalmente sucumben ante la incertidumbre de no poderse hallar en dicha fantasía.
Conforme pasa el tiempo rebobino de vez en cuando mi cinta histórica hasta llegar a los momentos en los cuales los colores del prisma eran vívidos. Reparo en la sensación y le doy pausa al sentimiento. Simples imágenes congeladas sobre esa delgada línea temporal en la que vivimos. Sólo me gustaría tener un don para corregir lo que veo.
Al término de la proyección, me encuentro caminando solo en el pasillo de la galería de mis recuerdos. En algunas obras me detengo para contemplar el sentimiento y revivir el proceso de cómo esa imagen fue gestada, suspiro, me alejo, y a veces me pregunto: ¿cómo es que terminó siendo un recuerdo?
Cuando por fin mis piernas ceden al recorrido, me siento una vez más en espera de repetir todo lo que acabo de ver. En medio del gran pasillo, no hay alma alguna que se compadezca de ese duelo imaginativo. Temerosamente mi mano se desliza sobre el asiento con la esperanza de rozar algún ente extraño aunque familiar, buscado por mis recuerdos y que reviviera lo que ha perecido. Me aferro a ese momento de anhelo para retomar las riendas de aquel destino negado, que pasó a un lado mío, y que si bien recupero habrá de redefinir todo lo que hasta ahora se ha escrito.
viernes, 2 de diciembre de 2011
Epílogo
Él jugueteaba con el pequeño plato que tuvo a bien dejar el mesero del lugar donde se encontraban, aun no había ordenado nada. Ella sólo tomaba un té, siempre le gustó hacerlo. De reojo veía cómo deslizaba la página del libro que ella leía, su mano, suavemente apuntaba el renglón donde había de detener su lectura, - “… siempre viajando en contra de lo que sentimos.”, fue la parte que alcanzó a leer. Se le dificultaba poder hacerlo, la tenue luz de la vela no brillaba más que para iluminar su rostro, un tanto desencajado cuando por fin se armó de valor para verlo.
Entre las palabras fugaces que salían de sus bocas habían lapsos de lucidez, en los cuales rozaban sus manos con una que otra caricia dirigida al rostro. Qué ganas tenía él de aprisionar esas manos, tan cálidas y suaves para que no dejaran de sentir el rostro que pronto habrían de olvidar.
Continuaron la charla de una manera muy casual, casi como si fueran dos desconocidos que habían coincidido en un lugar oscuro con una luz al fondo de una mesa que invitaba a pasar sin acaso presentarse. No habría por qué hacerlo, se conocían bien. Las palabras no dejaban de salir, en sus mentes armaban un juego de letras para aminorar lo que, inevitablemente habría de venir.
Conforme la llama de la vela fue perdiendo calor, así mismo su tiempo juntos. Llegó el momento de partir y de emprender esa larga caminata que muchas veces hicieron, pero que esta vez pedían fuera más larga, al contrario, jamás había pasado tan rápida e inclemente cuando él se percató del momento en el cual habría de soltarla y despedirse de ella.
Cuando llegó el momento de despedirse había tantas palabras que se podrían decir, que pudieran remediar lo que a punto estaba de suceder, pero no salen. Las mismas se confundían con las lágrimas asomadas por sus ojos, los cuales habían conocido sólo sonrisas y que en aquél momento olvidaban cómo expresar aquélla pérdida. Entre esas caricias, abrazos y gratitudes llegó el momento del adiós, mismo que cayó como un trueno avisando la llegada de una tormenta.
Se dieron la vuelta y ahí quedó el recuerdo de esa noche. Él imaginaba su figura cruzar la calle, aun lo hace, porque no tuvo el valor de voltear, se quedó con el recuerdo del momento. Siguió su camino en espera de que éste lo llevara de regreso a ella al día siguiente. No iba a ser así.
En ese instante, con la caída de la primera gota de agua, llegó la primera lágrima que confundió pensando sería un diluvio, sin temor a equivocarse cayó, pero dentro de sí. Al abordar el camión que lo habría de regresar a una nueva realidad, se encontraba sin temor, sólo con resignación, pero empapado en tristeza.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Resplandece
Recordamos lo que hemos vivido, por dónde hemos pasado y a dónde queremos ir. Simplemente somos estrellas fugaces en estas coordenadas, tratando de no estrellarnos, pero sin duda alguna, los roces son necesarios; te hacen sentir real.
La vida es tan intermitente como el suspiro mismo que la crea. Todo se vuelve difuso; sin embargo, en esa opacidad encuentras la verdadera esencia de lo trascendente.
Divagar entre las lagunas de mi memoria hasta brincar en esos charcos que significan mis recuerdos más escondidos. Ahí quedarán, inmersos en la recóndita galeria de mi ser, sólo reviven cuando chapoteo sobre ellos, sólo que ahora no me empapo de los mismos. Veo cómo la imagen se distorsiona en ondas infinitas, todo es vago y vuelve a la normalidad. Ya no presto atención, sé que existió, pero no se repetirá jamás.
Las reflexiones adquieren otro sentido, son ambivalentes y cada vez más constantes. El por qué he llegado a donde estoy sólo el esfuerzo lo justifica. Saber que ha sido un camino sinuoso lo hace aún más gratificante, reconocer que los sacrificios hechos han sido necesarios, le da el tinte exacto que enmarca los sabores más exquisitos de tu haber. Hoy me siento aquí, en la oscuridad de una alcoba, dándole rienda suelta a lo infinito, a la capacidad de mi creación, aquélla que vive a través de mí, esa misma que me permite estar donde lo hago ahora; navegando en la tranquilidad de mi presente.
La vida es tan intermitente como el suspiro mismo que la crea. Todo se vuelve difuso; sin embargo, en esa opacidad encuentras la verdadera esencia de lo trascendente.
Divagar entre las lagunas de mi memoria hasta brincar en esos charcos que significan mis recuerdos más escondidos. Ahí quedarán, inmersos en la recóndita galeria de mi ser, sólo reviven cuando chapoteo sobre ellos, sólo que ahora no me empapo de los mismos. Veo cómo la imagen se distorsiona en ondas infinitas, todo es vago y vuelve a la normalidad. Ya no presto atención, sé que existió, pero no se repetirá jamás.
Las reflexiones adquieren otro sentido, son ambivalentes y cada vez más constantes. El por qué he llegado a donde estoy sólo el esfuerzo lo justifica. Saber que ha sido un camino sinuoso lo hace aún más gratificante, reconocer que los sacrificios hechos han sido necesarios, le da el tinte exacto que enmarca los sabores más exquisitos de tu haber. Hoy me siento aquí, en la oscuridad de una alcoba, dándole rienda suelta a lo infinito, a la capacidad de mi creación, aquélla que vive a través de mí, esa misma que me permite estar donde lo hago ahora; navegando en la tranquilidad de mi presente.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Inicio
¡Hola!, ¿sabes quién soy?, aquel que vive en tus anhelos, aquel que te hace perder la razón.
Recuerdas haberme visto, lo sabes, me has sentido. Atravezado en tu cabeza, navegando por tu tristeza, dándole sentido a tus dudas.
Soy ese mismo que responde las súplicas nocturnas, un ente que a tu alrededor sabe bien acompañarte.
Recuerdas haberme visto, lo sabes, me has sentido. Atravezado en tu cabeza, navegando por tu tristeza, dándole sentido a tus dudas.
Soy ese mismo que responde las súplicas nocturnas, un ente que a tu alrededor sabe bien acompañarte.
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